El cuidado del alma no es un
método para resolver problemas; su objetivo no es una vida libre de problemas
si no una vida con la profundidad y el valor que provienen de la plenitud de
vivir. Tiene que ver con el cultivo de una vida abundantemente expresiva y
llena de sentido, con ocuparnos de lo que nos rodea y darnos cuenta de la
importancia del hogar, de la ropa que usamos, de la elección de los colores y
de los lugares por donde caminamos y aquella música que escuchamos; Todas esas
decisiones muy concretas de la vida cotidiana día a día apoyan o perturban el
alma.
En el cuidado del alma no ponemos
nuestra vida en manos de nadie para que la resuelva. Este cuidado nos exige
imaginación; tenemos tanto la tarea como el placer de organizar nuestra vida.
Cuidado del alma es atención a o que hacemos, decimos y pensamos, es
dedicación, administración de nuestra vida, disfrute de las cosas simples.
No consiste el cultivo del alma
en resolver el enigma de la vida; por el contrario es la apreciación de los
paradójicos misterios que cambian la luz
y la oscuridad en la grandeza de lo que puede ser llegar a ser la vida.
Es que el alma no es una sustancia
sino una cualidad, una manera de abordar la vida; tiene que ver con la
capacidad de relacionarse, con la observancia. Cuando la escuchamos empezamos a
descubrir los mensajes que se ocultan en la crisis, en el caos, en la
enfermedad y en los cambios que exigen necesariamente la depresión y la
angustia. Cuidar el alma es aprender a
saborear lo que tenemos, incluso lo malo. “El cuidado del alma jamás termina”
(Thomas Moore, El cuidado del alma. Barcelona, Ediciones Urano, 1998

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